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  CERTAMEN C 2010
 

CERTAMENES CULTURALES

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JUEGOS LEONCIOPRADINOS 2010 - CAT. III

EL CARA BONITA

Por: José Hinojosa Bisso

Narración ganadora de la medalla de oro 
 
Sentado en la fría banca, Alejandro miraba nervioso la puerta frente a sí, mientras en su cabeza se revolvían los recuerdos de los últimos días.
No sabía aún si hizo bien o mal al recibir a Raúl aquella noche de sábado, cuando no paraba de tocar la puerta de la casa. Jamás había visto hasta entonces el rostro de su amigo con aquella expresión de rabia y dolor, menos aún poder entender las palabras que se le enredaban en la lengua. Lo arrastró hacia la cocina a fin de no despertar a sus padres, luego de calmarlo, lo dejo hablar, maldecir, llorar y contagiarlo de la emoción que aquel sentía. Tampoco pudo entender lo ingenua que había sido Esther al subir junto a su amiga al carro de aquellos dos jóvenes desconocidos, pero la ira creció al saber que ni la frágil hermana de su amigo, aquella que tanto le gustaba, ni la otra muchacha, pudieron hacer nada cuando dos tipos más treparon al vehículo casi en marcha, a dos cuadras de ahí y las maniataron. Casi se resistió a escuchar lo que ocurrió después en una playa solitaria y la forma vil en que las abandonaron al borde de la carretera con las ropas deshechas y los cuerpos mancillados.

Se abrió la puerta de aquella oficina de la División de delitos contra la vida, pero el macetón que salió de allí casi ni lo miró y se perdió en el pasillo.
Al flaco le había costado entender días después  porque Raúl no había denunciado el hecho a la policía, incluso se lo había ocultado a sus padres, pero conociéndolo tanto, supo bien que él solo deseaba vengarse. Alejandro hizo lo posible por desanimarlo, comprendía que tomar la justicia en manos propias tenía sus riesgos, pero también vino a su mente aquella historia que le contara su padre diez años atrás, cuando por vez primera supo de aquel joven héroe del Colegio Militar y como su sacrificio no tuvo la justicia que debió tener. Raúl supo tocar fibras íntimas de su corazón, lo había escuchado hablar con orgullo de Duilio Poggi, del ejemplo que significaba para él y sabía muy bien que lo ayudaría.

Fueron pocos los días de seguimiento en el lanchón de su padre, tan seguros de su suerte se sentían estos desalmados que seguían frecuentando los mismos cotos de caza. Esther los reconoció de inmediato, en especial a ese de cara bonita que por la ventanilla derecha las había convencido de subir y luego demostrado lo infame que era.
Aquella noche ninguna presa cayó, el grupo recaló en El Tambo y una hora después sin saber que eran observados se fueron a casa. Raúl lo había estudiado todo, pensó que “cara bonita” tenía los días contados, ahora solo le faltaba la fuerza de choque.
Barry media 1.85, noventa kilos, practicaba artes marciales, en una ocasión bajó a golpes a un puntero del ómnibus, era pata de ellos en la universidad, tenía alma de justiciero y fue fácil de convencer.

Volvió a abrirse la puerta, pero esta vez un agente lo llamó por su propio nombre, Alejandro se incorporó con las piernas temblando. Mientras se dirigía adentro pensó en el momento en que echó de menos aquel porta-documentos que había extraviado cuando antes de llegar a la carretera, se bajó la llanta del carro y tuvieron que cambiarla. Se le vino a la mente la imagen de la palanca ensangrentada de la gata de para-choque, la forma fácil en que Barry había golpeado y subido al carro a ese imbécil, como habían frenado a Raúl cuando casi lo destrozaba y matar quería. Sabía bien que sería difícil explicar como su licencia de conducir y aquel carnet de la asociación de ex cadetes, estaban a unos cientos de metros de donde hubo un incidente tal, también recordó cuando al salir del colegio había escogido su mejor foto con uniforme y junto a sus datos los había llevado a ese viejo local del Paseo Colón, la verdad era que aquel documento le hacia aparentar mas edad y le ayudaba a ingresar a ciertos sitios, sin problemas.

El Oficial 1º Sánchez fue contundente y con un: ¿Sabes por qué estas acá? lo sacó de sus pensamientos, otro oficial a su lado lo miraba fijamente. Sánchez fue claro y le dijo: ¿Me podrías explicar porque cerca de un fulano que encontramos con las piernas destrozadas y con el cráneo roto se encuentran tus documentos?  Entonces habló el otro y preguntó ¿Qué le podemos decir a los padres de un joven que no podrá caminar en un año y con las justas recuerda su nombre? Entonces Alejandro comprendió porque no había salido noticia de la muerte de “cara bonita” en los periódicos, tomo aire y respondió: ¡No lo se! Recuerdo haber ido hace unos días por ahí con algunos amigos, nos echamos  unos tragos y es posible que mis papeles cayeran.
Sánchez sonrió y exclamó: acaso crees que somos tontos, sabemos todo lo que pasó, tenemos huellas del auto, solo queremos escuchar tu versión.
Alejandro no sintió hostilidad, era menor de edad y sabía que sin un abogado a su lado, lo que él dijera no podría ser usado en su contra, se animó y habló: hipotéticamente señores, quizás ese maldito violó junto a sus amigos a un par de chicas, hermanos o amigos desearon vengarse y lo hicieron, de seguro lo tenía bien merecido.

Juárez, que así se llamaba el otro oficial, sacudió la cabeza, ¿Tienes hermanas? le preguntó, no, fue la respuesta. Parecía satisfecho y murmuró: “ese malnacido y sus amigos estaban en nuestra mira hace tiempo, no pudimos agarrarlos in fraganti, si los hubiéramos pescado no los hubiéramos dejados vivos”.
Sánchez abrió el cajón del escritorio, sacó un porta-documentos azul que Alejandro reconoció al instante, se lo alcanzó mientras decía: flaco vete y no quiero verte nunca más por acá, ok. Recién entonces había dejado ver bien sus manos, en el dedo anular derecho, un anillo de oro lucía sobre una piedra negra, la inconfundible insignia del Colegio Militar.
 
FORMANDO JUVENTUDES

Por:  Eduardo Del Aguila Horna

Narración ganadora de la medalla de bronce.
 
Las cinco de la mañana... levantarse temprano para un adolescente de 14 años era anormal; ese día Roberto madrugó. Tenía que estar a las ocho en el Colegio Militar Leoncio Prado, el verano caluroso y el cielo azul contrastaban con el mar verdoso y la imponente Isla San Lorenzo siempre oculta por la neblina limeña que no permitía que descubrieran que Lima tiene una isla cercana a sus costas.
Para Roberto todo era novedad, el solemne edificio del colegio, el personal que laboraba con riguroso orden y los desplazamientos marciales, inquietaron su curiosidad  juvenil. Pasó los días cumpliendo los requisitos del ingreso, haciendo una rutina del colectivo de Magdalena a la Perla y la levantada madrugadora del día sumado al esfuerzo de entrenamiento para el examen  físico hicieron ese verano realmente inolvidable.
No me mire cadete y apúrese en vestirse, deje esa ropa civil, a partir de ahora usted es un cadete del Colegio Militar Leoncio Prado retumbó en los oídos de Roberto mientras trataba de acomodarse lo mejor posible en el uniforme que le habían dado, sintiendo que le faltaba cuerpo para poder llenarlo.
Terminada la ceremonia de incorporación y luego de la despedida de los seres queridos llego la hora del almuerzo, que incomodidad... todo un ceremonial y una rutina marcada por el tener el cuerpo bien erguido y el llevar la cuchara en equilibrio a la boca para satisfacer el hambre y la sed de un joven que pretendía ser guerrero en el siglo XX.
Oiga carajo no se mueva como una culebrina, soy el Teniente Miguel... en mi promoción me dicen Cicuta y desde hoy les digo que seré su instructor - retumbo la voz de un Oficial- de mediana estatura que gritaba a voz en cuello hasta que las venas de la garganta se le hinchaban por el esfuerzo realizado. Roberto nunca había tratado con un ser uniformado y de expresiones fuertes, su corazón se estremeció y la primera reflexión mental  que nunca podría expresar públicamente fue ¡Que hago aquí!
Llego la noche y el silencio, una corneta tocaba una melodía que después se haría rutinaria y significaba que el día ha terminado.
El sueño reparador del primer día se interrumpió cuando el sonar de la corneta y el grito a ¡levantarse! le hicieron recordar que a las seis de la mañana también se puede estar despierto. Un nuevo término apareció en  su vocabulario “malacate” que significaba baño, ducha, ring de pelea donde se pone a prueba el valor de los cadetes. Ir al baño resulto todo un ceremonial ya que los individuales no tenían puerta y a nadie le gusta que lo vean pujando, pasado el tiempo esta costumbre pasaría a ser una rutina social.
Las aulas no solo tendrían un significado académico sino que muchas veces era el reposo de los guerreros, después de desfilar a ellas y a la exigencia del monitor o a la travesura de un inquieto que siempre trae problemas disciplinarios. Las clases de literatura o de historia universal nunca podrían ser olvidadas, cuando el profesor haciendo gala de una gran sabiduría, hacia revivir lo pasado o se proyectaba en el futuro. Los libros salían como pan caliente del horno, en este caso de la imprenta con el sello de sus autores que difundían su conocimiento día a día en sus clases.
Los toques de corneta se confundían con las tonadas de moda... cada una con un significado especial; desde la llegada del director hasta ¡a comer!  el artista que hacía de ella una orquesta era un esbelto moreno que le decían  “Alianza” y que en las mañanas llegaba al máximo de su actuación cuando escuchaba los reclamos de los cadetes que solícitamente en coro le decían ¡cállate! y seguramente de acuerdo a los ánimos de los valerosos durmientes algunas disonantes lisuras.
El hambre  no era un problema mundial pero Roberto tenía que satisfacer su pequeña barriguita y recuperar el esfuerzo del día, para ello recurría a la fruta que su madre amorosamente le había colocado en el famoso maletín “lenciopradino” utilizado para sacar la ropa sucia y traerla limpia, entre ella pasaba las manzanas y muchas cosas más, siempre y cuando los cadetes de año superior  que se quedaban a meditar los fines de semana se lo permitieran. Ante el hambre había otra solución y dependía de los recursos económicos; era la “Perlita” donde cualquier alimento que se comiera era un manjar sobre todo el pan de tropa con huevo.
El fumar era todo un ceremonial, reprimido con castigo por ser considerado una falta grave, era todo una hazaña el hacerlo y una costumbre muy especial el despertarse a las dos de la madrugada para fumar un cigarrillo “Country” y después volver a dormirse plácidamente.
En el deporte todos quieren destacar y las olimpiadas son la muestra promocional de jóvenes que se esfuerzan por llegar a la meta o ganar el partido respectivo, las barras son mas bravas por que tienen ingenio y colorido.
Las maniobras de fin de año le hacen recordar que la arena pica y también sirve para dejar limpio las gamelas de combate después del rancho... conquistar el cerro “Rajay” es el objetivo impuesto al que hay que llegar rampando para que el enemigo no los vea. Al llegar al colegio después de vencer  al enemigo, ingresan victoriosos al paso ligero cantando que en la “casa de la Juana yo bailaba con tu hermana”.
Los años pasan y Roberto está próximo a terminar sus estudios. Las experiencias vividas primero como cadete subalterno pasando después  a superior moldean su carácter para ser un ciudadano de bien y ese guerrero del siglo XX que algún día soñó con ser.
Termina la ceremonia de clausura, todos se retiran contentos y nostálgicos... Roberto en el balcón del Pabellón  Dulio Poggi  observa en silencio y llega a su memoria el verano inolvidable en que ingreso al Colegio Militar Leoncio Prado, aprendiendo que la vida no es fácil. En el próximo verano iniciara una nueva etapa de su vida “ingresar a la universidad”.
 
ESPERANZA

Por:  Armando Rodriguez Diaz

Poesía ganadora de la medalla de bronce.
 

Si pudiera comprender
porqué hoy no ha salido el sol,
si supiera cómo puedes
esconder lo que sientes.

He tratado de buscar
algún motivo, alguna razón,
porqué hieres a mi ser
y a mi corazón.

Todo lo que digo,
para tí, sólo es el viento,
mientras cada suspiro mío
nace al pensar en ti.

Tus ojos me han dicho mil cosas
pero de tu voz no he oído un “te quiero”,
y aun así, en mi alma,
siempre estarás...

Y hoy tus ojos
no me miran como ayer,
y por tí, mi sonrisa,
oculta una lágrima.

Y cada caricia
me recuerda tu ser
y cada mirada tuya en mí,
se vuelve esperanza.

 
TERNURA ANCESTRAL Y RIO CON GORROS

Por:  Luis Marroquín Espejo

Fotografías ganadoras de las medallas de oro y bronce.

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PREMIACION - ASOCIACION LEONCIOPRADINA

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